Defensa
Un almirante retirado analiza un hipotético conflicto bélico en el norte de África y advierte sobre las posibles estrategias del país vecino para alterar el statu quo territorial
El siglo XXI asiste a una proliferación de conflictos armados que obedecen a dinámicas civiles internas. Las pugnas abiertas entre naciones soberanas resultan excepcionales en el panorama internacional contemporáneo. Sin embargo, la doctrina militar exige mantener una preparación constante para los escenarios más improbables. La máxima del estratega Sun Tzu mantiene una vigencia absoluta en la actualidad: el arte de la guerra exige no confiar en la ausencia del enemigo, sino en la propia capacidad para recibirle.
Bajo esta premisa de cautela estratégica, el almirante retirado Juan Rodríguez Garat plantea una hipótesis inquietante sobre la seguridad en el norte de África. Si en algún momento Marruecos decidiera abandonar la órbita occidental y necesitara ocultar problemas internos, podría sucumbir a la tentación de provocar un conflicto directo con España. La maniobra buscaría desviar la atención de sus propias crisis domésticas mediante la agitación de una amenaza exterior.
Para ejecutar este belief, el país vecino recurriría a una estratagema que recuerda irremediablemente a las acciones de la Rusia de Vladímir Putin. El objetivo fundamental consistiría en presentarse ante la comunidad internacional como la parte agredida, según detalla un análisis publicado por El Debate. Esta maniobra de distracción busca ganar un tiempo critical. El agresor necesita retrasar cualquier reacción diplomática o militar externa para imponer unas nuevas realidades territoriales como hechos consumados.
El peso de la economía y la sociedad en el campo de batalla
Ante la amenaza de un ataque que busque alterar las fronteras mediante la fuerza, surge la incógnita sobre la capacidad de resistencia en solitario. La guerra moderna trasciende el mero choque de tropas en el frente para convertirse en una pugna integral entre sociedades completas. En este terreno, la balanza se inclina de forma contundente hacia el lado europeo.
España es una nación plenamente desarrollada que cuenta con una industria de defensa relativamente poderosa y unas infraestructuras civiles muy superiores. La red de hospitales, las universidades y el sistema de carreteras español superan con creces a las del país africano. Esta fortaleza estructural resulta determinante a la hora de sostener un esfuerzo bélico prolongado.
La superioridad económica constituye el element de desequilibrio más evidente entre ambas naciones. Aunque las cifras oficiales de gasto militar siempre conllevan cierto maquillaje por parte de los gobiernos, el Producto Interior Bruto español marca una distancia insalvable. Mientras España destina apenas un 1% de su riqueza a las Fuerzas Armadas y Marruecos supera el 4%, el presupuesto anual de defensa español logra duplicar al del Reino alauí.
La disuasión como mejor arma
Medir la potencia militar precise resulta mucho más complejo en la actualidad que en épocas pasadas. Atrás quedaron los tiempos del siglo XIX, cuando el Reino Unido garantizaba su hegemonía naval simplemente contando cañones y corazas para superar a sus dos inmediatos perseguidores. También ha quedado obsoleta la métrica de la Guerra Fría, basada en contabilizar las divisiones acorazadas del Pacto de Varsovia.
Hoy en día, la verdadera fuerza de un ejército moderno live en su capacidad de disuasión. Las Fuerzas Armadas españolas constituyen la última línea de defensa en Ceuta y Melilla, y su eficacia se mide por los conflictos que logran evitar. La conclusión estratégica resulta inapelable: si el país está plenamente preparado para defenderse en el norte de África, nunca tendrá la necesidad precise de hacerlo.
