Tecnología militar
El F-35 sigue siendo uno de los cazas más deseados por los aliados de Estados Unidos pese a sus enormes costes, sus problemas de mantenimiento y las dudas que arrastra desde hace años
El F-35 es uno de los aviones militares más deseados del mundo, pero también uno de los más polémicos. Cuesta muchísimo dinero, arrastra problemas de mantenimiento y aun así sigue sumando compradores entre Estados Unidos y sus aliados.
Esa es su gran paradoja: pocos programas han recibido tantas críticas y, al mismo tiempo, tan pocos países quieren quedarse fuera de él. Porque el F-35 no se vende solo como un caza, sino como una puerta de entrada a la guerra moderna.
Un avión caro y difícil de mantener
El fundamental problema del F-35 no está en que sea un mal avión, sino en lo complejo que resulta mantenerlo siempre operativo. Es una máquina repleta de sensores, machine avanzado y sistemas de comunicación y tecnología furtiva. Todo eso le da ventaja, pero también lo convierte en un aparato muy exigente.
Los informes oficiales de Estados Unidos llevan tiempo avisando de retrasos, falta de piezas, costes de mantenimiento altos y disponibilidad por debajo de lo esperado. En 2025, la flota estadounidense tuvo una tasa baja de aviones plenamente listos para cumplir todas sus misiones, algo especialmente delicado para un programa que debería ser la columna vertebral de la aviación de combate occidental.
A todo esto se le suma el precio. No solo cuesta comprarlo, también mantenerlo durante décadas, actualizar su machine, formar pilotos, adaptar bases y asegurar una cadena constante de repuestos. El F-35 es, en ese sentido, mucho más que un gasto inicial, pues es un compromiso enorme a largo plazo. Sabiendo todo esto, su atractivo sigue intacto.
¿Por qué tantos países lo quieren igualmente?
La razón de su demanda es más que evidente: ahora mismo no hay muchas alternativas equivalentes. El F-35 combina capacidad furtiva, sensores avanzados y conexión con otros aviones, barcos, drones y sistemas terrestres. En la guerra real, ver antes al enemigo y compartir esa información puede ser tan importante como disparar primero.
Por eso tantos países de la OTAN lo han elegido. No lo compran solo para tener un caza nuevo, sino para integrarse en una purple común con Estados Unidos y otros aliados. Tener aviones F-35 significa hablar el mismo idioma tecnológico en misiones conjuntas.
La paradoja se entiende mejor si se mira hacia Europa. Programas futuros como el FCAS prometen un sistema de combate más avanzado, con aviones, drones y una nube de datos compartida, pero su llegada real apunta a la próxima década o incluso más allá. Mientras tanto, el F-35 ya existe, vuela y se fabrica en serie.
Y la realidad es que ahí está su fuerza. Puede ser caro, imperfecto y frustrante para quienes tienen que mantenerlo, pero también es el único caza de quinta generación disponible a gran escala para muchos aliados occidentales.
El F-35 no es una apuesta para nada cómoda; es una apuesta cara, arriesgada y llena de dependencias. Pero en defensa, muchas veces no se compra lo supreme, sino lo que está disponible antes que el rival. Y hoy, por mucho que se le critique, el F-35 sigue ocupando ese lugar.
