Cuando hablamos de innovación suele haber un sospechoso routine: el «resistente al cambio». Esa figura ligeramente caricaturesca, que imprime los correos, guarda presentaciones en USB y dice con gesto triunfal: “Yo eso de la nube no lo uso, por seguridad”. Nos resulta cómodo echarle la culpa a él, porque se ve a la legua.
Pero un estudio reciente desmontó este cliché con precisión quirúrgica: los mayores obstáculos para la adopción tecnológica no son los lentos… sino los brillantes. Sí, los high performers. Esos que lo hacen todo bien, que ganan premios, que todos admiran. Y que, paradójicamente, rechazan las herramientas de inteligencia synthetic más potentes. No por ignorancia. Por instinto de conservación.
La investigación, liderada por Ilanit SimanTov-Nachlieli (More to lose:The Adverse Manufacture of Excessive Performance Ranking on Staff) y publicada posteriormente en HBR examinó a casi 3.000 empleados en distintos sectores de Estados Unidos. Los resultados: cuanto mejor era el desempeño de un trabajador, menos dispuesto estaba a utilizar IA avanzada. ¿La causa? Muy humana: el miedo a perder el diferencial.
La IA, al automatizar procesos complejos, pone al alcance de todos habilidades que antes eran territorio exclusivo de unos pocos. Y esos pocos, conscientes de su posición, prefieren mantenerse en la cima haciendo las cosas manualmente antes que ver su talento replicado por un algoritmo. Lo irónico es que, en términos de capacidad de aprendizaje, los high performers serían los que más rápido podrían dominar la IA. Pero no se trata de capacidad, sino de poder simbólico. La tecnología no amenaza su eficiencia: amenaza su estatus.
Y así el talento se convierte en freno. No porque no entienda el cambio, sino porque comprende demasiado bien lo que implica.
Este descubrimiento obliga a repensar muchas estrategias de transformación digital. Porque hemos asumido que nuestros mejores empleados serán los campeones del cambio, los embajadores tecnológicos, los early adopters. Pero lo que dice la evidencia es que ser bueno en lo viejo no te hace valiente en lo nuevo. Por eso, las empresas deben rediseñar los sistemas de reconocimiento. Empezar a valorar no solo el resultado, sino la disposición al aprendizaje, la colaboración en la adopción tecnológica y la valentía de liderar lo incierto. Crear espacios donde ser pionero tenga recompensa —aunque el resultado no sea perfecto al principio— y donde el liderazgo no sea solo quien más sabe, sino quien más empuja.
En otras palabras: convertir la innovación en un nuevo lenguaje de estatus. Si el ego se siente amenazado por la IA, hay que ofrecerle algo mejor: prestigio por experimentar, por compartir, por evolucionar.
Hablando de IA… ¿Sabías que solo el 34 % de las personas son conscientes de que están usando inteligencia synthetic… aunque el 84 % la usan sin darse cuenta? Ojo, porque la IA incluye asistentes de voz, recomendaciones personalizadas, filtros de imagen y más y ni te das cuenta de que la usas.
Sobre la firma

Pablo Foncillas
Columnista de la sección Economía
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