El momento de la piñata

Tengo ocho años, estoy en un cumpleaños y llega el momento de la piñata. Sé que voy a perder. La lucha cuerpo a cuerpo no es lo mío. La madre del cumpleañero se aproxima al globo gigante -que cuelga cargado desde el techo- con una aguja en la mano. Todo es barullo de palmas al cielo y eso, al parecer, hay que entenderlo como felicidad. Me concentro en que el pinchazo no me tome desprevenida.

Un instante después, explosión y todo el mundo al suelo.

Consigo cuatro o cinco caramelos, suficientes para ser invisible y evitar quedar a merced de la solidaridad de los más salvajes, los héroes, los que responden a lo que esperan de ellos y acaban de colmarse los cuencos de sus remeras con golosinas.

A mi lado, otra nena inicia su llanto de manos vacías. Inmediatamente, la madre del cumpleañero, ahora cándida y sin aguja, conduce a la llorona hasta uno de los héroes para que extienda su mano vacía al tiempo que exhorta al héroe a compartir su botín, bajo amenaza de acusarlo de avaro.

El héroe entrega un caramelo de mala gana y la madre, la misma que acaba de legitimar la rapiña, exige el reparto. La tensión no cesa hasta que la nena consigue que los caramelos no le permitan cerrar su mano.

Al parecer, el origen del ritual de la piñata llega hasta Marco Polo, que habría visto en China figuras de animales hechas de papel y rellenas con semillas, que se rompían en las celebraciones del Año Nuevo.

Marco Polo habría llevado el ritual a Italia donde se transformó en una olla de barro -pignatta, de ahí la palabra- que se rompía en fiestas populares, carnavales y celebraciones previas a la Cuaresma. Luego llegó a España y de ahí a México, en tiempos de Nueva España, para reemplazar rituales indígenas por una piñata con forma de estrella de siete puntas, que representaban los pecados capitales. Lo que llovía de ella era la gracia divina, el premio por dejarse evangelizar.

Me atrevo a proclamar universal esta escena cumpleañera para cualquier lector de más de cuarenta y cinco años, crecido en Buenos Aires.

Cada cual sabrá dónde ubicarse dentro del paradójico entrenamiento para la rapiña, donde el mismo personaje que monta la escena, luego pregona un discurso democrático, casi socialista y clama por la distribución de la riqueza en medio de una escena donde la justicia es la excepción.

La piñata sigue vigente en América, mientras que en Europa, solo España comparte la costumbre; pero ahora que la violencia no está de moda, ya no se pincha un globo, sino que se abre una pequeña compuerta de un muñeco reutilizable y se suplementa la lluvia de golosinas directo desde la bolsa de caramelos hasta que los héroes sean todos o ninguno.

Los tiempos han cambiado, pero no se ha dejado de lanzar a los niños al suelo para que intenten quedarse con lo máximo posible.

Hay quienes me dirán que es sólo un juego competitivo. Yo prefiero pensar que la gracia divina no proviene de quedarse con más caramelos de los que se puede comer.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *