Inducción al sueño americano: Wendell Berry

Wendell Berry (EE. UU., 1934) vive y escribe en Port Royal, Kentucky, una localidad agraria. Compró su casa y hectáreas de campo en 1964, cuando volvió a su tierra natal desde Nueva York, donde tenía una promisoria carrera, para enseñar escritura creativa en la Universidad de Kentucky. Había publicado su primera novela, Nathan Coulter, en 1960, y ganado una beca Guggenheim, con la que recorrió Francia e Italia durante 1961.

Berry está casado desde 1957 con Tanya Amyx, la mujer con la que tuvo hijos y construyó la granja que les da sustento a su vida y a una obra que se extiende por novelas, cuentos, poemas y ensayos. Con Tanya, ha dicho en una de las pocas entrevistas que concedió en los últimos años, sigue en “una conversación que no ha terminado”.

Estos datos de la biografía del autor importan, porque también son los temas de su literatura. El campo y sus ciclos, el trabajo rural, la extensión difusa del tiempo, la conversación entendida como diálogo transformador y sin caducidad, y el matrimonio comprendido como una forma de pertenencia a una comunidad a la vez que vínculo perenne, están en el centro de una escritura que tiene el peso y el efecto de la verdad sin buscar establecerla.

Es transparente, sencilla. No tiene sobresaltos ni atajos, y parece revelarse como la autenticidad de las cosas, como el brillo mineral al lavar la piedra. Berry es un escritor clásico y radical, que tiene aspiraciones tan antiguas como la verdad y la emoción, a las que llega con la narración de un estilo de vida más que de una trama.

Vida de Hannah Coulter, publicada originalmente en 2004, es el monólogo de una anciana que recuerda para agradecer, y que en su relato no busca significados ni justicia. La vida es, a su entender, un fluir en el que ella ha tomado parte durante un período determinado, pero que no empezó ni termina con su ciclo fundamental. Es un curso del que ella ha tomado lo necesario para una vida de salud, amor y trabajo, y que, ya en la vejez, la deja con la satisfacción de la tarea cumplida. Y con una último legado de impugnación humilde ante el mandato moderno del consumo desaforado y la industrialización indiscriminada de la producción agrícola (temas que Wendell Berry ha tocado en polémicas públicas y ensayos).

El estilo de vida que defiende con firmeza no es el de la contemplación y el regodeo pastoral, sino el del trabajo y el sacrificio, el de la tenacidad de la mayoría silenciosa. Una vida donde el conflicto y el pesar no se advierten a primera vista, y que persiste en las formas de la reserva y el silencio: una cena sin palabras, una lágrima que se escapa.

Hannah es la esposa de Nathan, aquel personaje con el que Berry inició el mito de Port William y su cofradía: un mapa de familias desplegadas en un pequeño territorio que es caja de resonancia de la historia en minúsculas del país. Hannah, que perdió a su primer esposo en la Segunda Guerra, y que se casó de nuevo con un sobreviviente, que aprendió todo de su abuela, que tuvo hijos que ya no quisieron ser granjeros y se fueron a la ciudad, que confía en las personas y no en los gobiernos, que solo reconoce las leyes de la naturaleza y la tradición, tiene una vista panorámica sobre su cofradía.

Esta noción de pertenencia está más cargada de ideología que de sectarismo, y es clave en el pensamiento de Berry. La cofradía de Port William es un árbol, una sociedad entre vivos, muertos y por venir, que se alimenta del arraigo y la dependencia mutua. La literatura de Wendell Berry, como el cine de su compatriota Clint Eastwood, puede llevar hasta el núcleo esas indagaciones sobre qué significa habitar un suelo y su historia, perteneciendo a él.

Vida de Hannah Coulter, Wendell Berry. Trad. Matías Battistón. Chai Editora, 260 págs.


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