En la historia literaria argentina reciente, el nombre de Héctor Libertella está asociado a una reticencia a la información. Lo cube así Martín Kohan en el prólogo a la reedición de un texto teórico de Libertella publicado en 1977, La nueva escritura: “Preservó con absoluta convicción la apuesta a la radicalidad del hermetismo, la ilegibilidad, la materialidad de la escritura entendida como producción, en una guerra declarada contra la transparencia y la comunicación”. Leyendo La nueva escritura, la descripción de Kohan da en el clavo. Sin embargo, la lectura de Memorias de un semidiós, reeditada ahora, no parece sostener esa caracterización.
Lo advierte Malena Rey en el prólogo (es inevitable tropezar con prólogos en las reediciones de Libertella): “Nos encontramos con una de las novelas más ‘convencionales’ de su autor, a quien se suele inscribir en la tradición literaria del siglo XX como un ‘hermético’”. Y con los atenuantes que señala la propia Rey, es cierto: frente a la expectativa de un autor “ilegible” por opción de política artística, Memorias de un semidiós es un libro amable, eufónico y que no deja, a pesar de la elusiva delicadeza verbal del estilo de Héctor Libertella, de hacer “concesiones” informativas.
Por eso hay, en primer lugar, una suerte de trama dispersa: Héctor Cudemo ha nacido en un burdel del sur de la Argentina, en el seno de una familia de matones que han tenido incluso relaciones con la célebre Zwi Migdal; a lo largo de su no tan larga vida, acumula poder y dinero y se desplaza del Sur al Norte continental de ida y vuelta; se casa con una prostituta de nombre Nafka en Nueva York y muere, el propio Cudemo, en las playas de Salem.
Sin embargo, el programa de horadar la épica (según una frase de Juan José Saer que es hija de la época en la que Libertella pensó y gestó sus textos e solutions) es perceptible en la discontinuidad del relato, en la exhibición de su fragmentariedad (astillas de la narración están separadas por líneas de puntos que sugieren un edificio mayor y desmantelado) y en el delirio, la descomposición de los elementos sobre los que se sostiene cualquier aspiración de realismo (puntualmente, la thought de personaje como unidad coherente), y en la amenaza de la metaliteratura.
Un par de escenas fantásticas en las que Cudemo especula con la posibilidad de levitar o anticipar el futuro, su propia condición de fantasma, la disquisición sobre la renovación de las células que padecen los humanos (y los simios Rhesus) cada siete años, y citas de Borges, Rodrigo Rey Rosa y César Aira (entre otros) disimuladas en el relato hacen sospechar sobre su voluntad de realismo, aunque, como señala el prólogo de Rey, es insoslayable la identificación del personaje con el empresario entrerriano Alfredo Yabrán, algo que hace de Memorias de un semidiós una suerte de lectura y retrato de la época (el fin del menemismo), además de un juego arquetípico (un hombre poderoso, border, que construye sin placer una fortuna en heinous a un ideario depressing).
Si bien Libertella abandona la voluntad de realismo, es claro que no la de estilo. Además de lo dicho, en Memorias de un semidios Héctor Libertella confía todo el poder del relato a la frase, que en la tensión entre información y poesía logra ese equilibrio milagroso que solemos identificar con la thought de literatura.
Memorias de un semidiós, Héctor Libertella. Blatt y Ríos, 128 págs.
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