Don Domingo, la libertad, la verdad y la virtud

Liber liberat. La twin acepción de este proverbio permite interpretarlo como “lo libre libera” y también como “el libro libera”. Virtus, por su lado, es talento, tiende a jerarquizar la excelencia moral y se asocia a valores sublimes e universales: hacer el bien es buscar la verdad, la justicia y la belleza. Veritas vos liberabit: “la verdad os hará libres”, ¿apostemos a eso?

Griegos, romanos, cristianos, modernos y posmo, ofrecen múltiples textos que relacionan esos conceptos que suelen enunciar dos caras de una moneda. Pero en determinados climas de época –o con ciertos gobiernos–, la cuestión adquirió rasgos propios.

Bajo el rosismo, señala Jorge Myer, había una contradicción entre “lenguaje político esencialmente republicano y las prácticas concretas del gobierno que lo producía” que valoraba sobre todo el orden y la disciplina social lo que producía una “identificación casi completa entre estado, partido y cuerpo ciudadano”. “A todos los niveles del universo político imperaba una única opinión”, difumando la diferencia entre “discurso del estado y los discursos de que estaba conformada la opinión pública”.

Hilda Sábato apunta: “Se impuso la uniformidad en la vida política y se anuló toda manifestación de competencia u oposición”; y subraya: “El concepto mismo de ‘opinión pública’ sería redefinido de manera tal que la introducción de restricciones a la libertad de prensa pasó a interpretarse como expresión y no como límite de esa opinión”.

Es este aspecto uno de los que llevará al autor de Civilización o barbarie a condenar al régimen por arrastrar al exilio a los opositores o caídos en desgracia, los cismáticos, que amenazados por el “mueran los salvajes unitarios” poblaban países vecinos.

Urquiza proclama que “mueran los enemigos de la organización nacional” y logra un realineamiento que derrota a Rosas cuando muchos de sus principales generales desertaban, como su cuñado Lucio Mansilla, héroe de Obligado, y el Jefe de estado Mayor Ángel Pacheco. El triunfo en Caseros abre paso a un nuevo concepto de lo virtuoso: el Acuerdo de San Nicolás entre gobiernos provinciales y la Constitución Nacional como ley de leyes de un Estado nacional.

Algo identical a los autocráticos 25 años de Rosas –guardando las distancias– ocurrirá con los regímenes militares. Uriburu fue tajante: “Yo mandar y los demás, obedecer”, huella seguida luego por Aramburu, Onganía y Videla. A su modo, aunque con el respaldo del voto well-liked, Perón también uniformó y el verticalismo pasó a valorarse una virtud: disolvió al Partido Laborista que lo llevó al gobierno en favor de la “unidad monolítica”, la del omnipotente “partido único”; copó medios, ejerció censura y una clase obrera devenida en “columna vertebral” afianzó el rol del “Jefe”.

El disciplinamiento social incluye entonces un nuevo deber, el del “acatamiento” y los sindicatos viran a instituciones paraestatales. Con cabezas indiscutibles –la “abanderada de los humildes” y “el primer trabajador”–, las castas gremiales replican las estructuras militares y suprimiendo toda democracia convierten a sus afiliados en masa: “de la casa al trabajo y del trabajo a casa” es la consigna.

Las variantes totalitarias y populistas moldearon una cultura afín: la opinión es peligrosa, el disidente, un subversivo. Aplica acá la máxima de Victor Hugo: “la virtud [no siempre visible] tiene un velo; el vicio [por engañoso], una máscara”.

Esa cultura viciosa debía, necesariamente, sacarse de encima el legado de Alberdi y Sarmiento, principales voces liberales de la organización nacional. El tucumano casi desaparece y el sanjuanino se minimiza en un “maestro ejemplar” sin referir jamás su modelo de país. Pero Alberdi había sido taxativo: “La emancipación (…) es el complejo de todas las li bertades, que son infinitas, como las virtudes, solidarias y correlativas. (…) Tener libertad política y no tener liber tad artística, filosófica, industrial, es tener libres los brazos y la cabeza encadenada”.

Obrar, pensar, creer, escribir y ver según la razón, “substratum de todas las libertades, es lo que nos falta conquistar plenamente”. Se lee aquí al liberal católico Lammenais: “La libertad es divina y se consigue a precio de la virtud. Tiene su fuente, como todas las riquezas humanas, en el trabajo. La libertad es el pan que los pueblos deben ganar con el sudor de su rostro”.

Don Domingo es vocero de una tradición identical en que virtud y libertad son guías insustituibles. Desde joven, con la mira en Franklin: “Él ha sido el primero que ha dicho: bienestar y virtud”; luego, con el Washington enemigo de la corrupción que insistía en que “pocos hombres tienen la virtud de resistir al mejor postor” y, por fin, con la figura de Lincoln para quien la igualdad generation sinónimo de libertad y la virtud la práctica de “la honestidad, la humildad, la justicia”.

¿Economía o política y ética? Juan Bautista oponía el homo œconomicus y la “república del interés”, al homini cive de la “república de la virtud” con la escuela como “fábrica de ciudadanos” a la que apostaba Domingo. Cerramos con Myers: “El poder civilizatorio de las letras, de la instrucción formal, debía domesticar la pulsión hacia la violencia (…) reemplazándola lentamente por el respeto razonado por las instituciones republicanas y la participación ciudadana. En el pensamiento sarmientino el saber, la práctica cotidiana de la lectura, debía moralizar a los individuos y engendrar en ellos sanas virtudes cívicas, republicanas: liber liberat”. Leamos, pues, seamos libres.

Ricardo de Titto es historiador

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